Las dos Dianas

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Capítulo XX

GABRIEL, siempre de rodillas, levantó su cabeza pálida y paseó en torno suyo una mirada tranquila, pero con tranquilidad siniestra. Parecía como si se interrogase a sí mismo, como si reflexionase. Su calma conmovió y asustó mucho más al gobernador que todos los gritos y todos los sollozos que hubiese podido emitir su pecho.

Como si de pronto le hubiese ocurrido una idea, Gabriel puso vivamente su mano sobre la región del corazón de su padre. Prestó atención por espacio de uno o dos minutos, y dijo con voz dulce y serena, pero terrible al mismo tiempo:

—¡Nada! El corazón no late ya, pero el sitio que ocupa conserva todavía el calor.

—¡Qué naturaleza tan robusta! —murmuró el gobernador—. Habría podido vivir aún mucho tiempo.

Tenía el cadáver los ojos abiertos, y Gabriel se inclinó sobre él y los cerró piadosamente. A continuación depositó un beso respetuoso, el primero y el último, sobre aquellos tristes ojos apagados, que tantas y tantas lágrimas debieron haber mojado.

—Caballero —le dijo Sazerac, en su deseo de distraerle de aquella horrorosa contemplación—; si el difunto era para vos una persona querida…

—¿Una persona querida? —interrumpió Gabriel—. ¡Era mi padre!


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