Las dos Dianas
Las dos Dianas —Iba a decir que si queréis rendirle los postreros deberes de cristiano, estoy autorizado para que os le deje sacar de aquÃ.
—¡Ah! ¿De veras? —le preguntó Gabriel con la misma calma, que daba espanto—. Entonces, he de reconocer que son justos conmigo, que cumplen fielmente su palabra. Habéis de saber, señor gobernador, que me habÃan jurado delante de Dios que me devolverÃan a mi padre. Me lo devuelven, ya lo veis… ¡Verdad es que no se obligaron a devolvérmele vivo!
Y soltó una carcajada estridente.
—¡Valor, caballero! —exclamó Sazerac.
—Es tiempo de que os despidáis del cadáver.
—Es lo que estoy haciendo como veis —contestó Gabriel.
—SÃ, pero es indispensable salir de aquà al momento. La atmósfera que se respira en este lugar es mortÃfera, y una estancia más prolongada en medio de estas miasmas deletéreas serÃa, a no dudar, peligrosa.
—¡He ahà la prueba! —dijo Gabriel señalando el cadáver.
—¡Vamos, pues! —repuso el gobernador, tratando de asir a Gabriel por un brazo para sacarle fuera.
—¡SÃ, os voy a seguir, pero dejadme aquà un minuto más! —contestó Gabriel.