Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Por fin, una noche —continuó milady— resolvieron, ya que no podÃan vencerla, paralizar mi resistencia; una noche, digo, echaron en mi agua un narcótico activo, y no bien hube acabado de cenar, me sentà caer poco a poco en un embotamiento extraño. Aunque de nada recelaba, me asaltó un temor vago e intenté luchar contra el sueño; me levanté, quise volar a la ventana, pedir socorro, pero mis piernas se negaron a sostenerme; me parecÃa que el techo bajaba sobre mi cabeza y me aplastaba con su peso; tendà los brazos, me esforcé en hablar, y no pude proferir más que sonidos inarticulados; iba apoderándose de mà un letargo invencible, y, viendo que iba a caer, me agarré a un sillón, pero pronto este apoyo fue insuficiente para mis endebles brazos, y se me dobló una rodilla, y luego la otra; intenté orar, y mi lengua estaba helada; es indudable que Dios no me vio ni me oyó. Por último me deslicé al suelo, pábulo de un sueño que tenÃa todas las apariencias de la muerte. Qué pasó durante mi sueño y cuánto tiempo duró este no lo recuerdo; lo que sé decir es que desperté acostada en un aposento circular, suntuosamente alhajado, en el cual penetraba la luz por una abertura del techo. Puerta, al parecer, no habÃa ninguna: se dirÃa una prisión magnÃfica. Largo tiempo estuve sin acertar a explicarme dónde me hallaba y los pormenores que acabo de exponer, pues mi espÃritu parecÃa luchar inútilmente para sacudir las pesadas tinieblas de aquel sueño del que no podÃa arrancarme; tenÃa indicios de haber recorrido una extensión de terreno más o menos larga, del rodar de un coche, de un sueño terrible durante el cual se hubiesen agotado mis fuerzas; pero todo eso de un modo tan sombrÃo y tan vago, que tales acontecimientos parecÃan pertenecer a otra vida que no la mÃa y, sin embargo, identificada con la mÃa por fantástica dualidad. Ratos habÃa, tan estupenda era para mà mi situación, en que me parecÃa estar soñando. Me levanté, tambaleándome; junto a mà y en una silla estaban mis vestidos; yo no recordaba habérmelos quitado, ni menos haberme acostado. Poco a poco, y llena de púdicos terrores, la realidad se abrió paso en mi memoria: aquella no era mi casa, y por lo que pude colegir, guiándome por la luz del sol, habÃan transcurrido ya dos tercios del dÃa; mi sueño, pues, habÃa durado cerca de veinticuatro horas, desde la tarde del dÃa anterior.