Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Felton tomó el arma y la puso sobre la mesa en la forma convenida por la presa, que le siguió con los ojos, hizo un ademán de satisfacción, y dijo:
—Ahora, escuchadme.
La recomendación era excusada; el joven oficial estaba en pie ante ella, aguardando sus palabras para devorarlas.
—Felton —repuso milady con solemnidad llena de melancolía—, si vuestra hermana, la hija de vuestro padre, os dijese: «Joven aún, bastante hermosa por mi desventura, me hicieron caer en un lazo, y resistí; multiplicaron en torno de mí las asechanzas y las violencias, y resistí; blasfemaron contra mi religión, contra mi Dios, contra el Dios a quien adoro, porque llamaba en mi auxilio a ese Dios y a esa religión, y también resistí; y me colmaron de ultrajes, y como no podían perder mi alma, quisieron manchar mi cuerpo para siempre jamás; y por fin…».
Milady se interrumpió y sonrió con amargura.
—¿Qué? —dijo Felton.