Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—No me habléis de esto, señora —repuso Felton—; no hay situación, por terrible que sea, que autorice a una persona a suicidarse. He reflexionado que no debía hacerme reo de tal pecado.

—¡Ah! ¡Habéis reflexionado! —dijo la presa sentándose en su sillón y sonriendo con desdén—; también he reflexionado yo.

—¿Sobre qué?

—Que nada tenía que decir a un hombre que no cumplía su palabra.

—¡Dios mío! —murmuró Felton.

—Podéis retiraros, no diré ni una palabra —exclamó milady.

—¡Aquí está el cuchillo! —profirió Felton, sacando de su faltriquera el arma que, según su promesa, había traído, pero que no se decidía a entregar a milady.

—¿A ver? —dijo esta.

—¿Para qué?

—Palabra que os lo devuelvo al instante; lo pondréis sobre esta mesa y os colocaréis entre él y yo.

Felton entregó el arma a milady, que examinó con atención el temple de la hoja y probó la punta en la yema de uno de sus dedos.

—Está bien —profirió milady, devolviendo el cuchillo al joven teniente—, este es de buen acero; sois amigo fiel.


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