Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Bueno —murmuró milady—, ahà que el austero puritano miente.
—¡Cáscaras, mi oficial! —repuso el centinela, sonriéndose—, no tenéis poca suerte en que os confÃen tales comisiones, sobre todo si milord os ha autorizado para inspeccionar hasta la cama.
Felton se puso hecho una amapola, y es seguro que en otras circunstancias habrÃa reprendido al soldado; pero ahora su conciencia le incriminaba demasiado como para que se atreviese a hablar.
—Si llamo, ven —dijo el puritano al centinela—, y si vienen, llámame.
—Está bien, mi teniente —contestó el soldado. Felton entró en el aposento de milady.
—¡Ah! ¿Sois vos? —exclamó esta, levantándose.
—Os he prometido venir y aquà estoy —respondió el puritano.
—También me habéis prometido otra cosa.
—¿Qué? —profirió el joven, a quien, pese a su dominio de sà mismo, le flaquearon las rodillas y se le cubrió de sudor la frente.
—Me habéis prometido traerme un cuchillo, y dejármelo después de nuestra conversación.