Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Vamos —dijo el barón al dejar a la presa—, no os fugaréis aún esta noche.

A las diez, Felton vino a colocar un centinela, y milady lo reconoció por su andar. Ahora la presa adivinaba la llegada del puritano como una amante adivina la del amado de su corazón; y, sin embargo, milady detestaba y despreciaba a aquel débil fanático.

Como no era la hora convenida, Felton no entró.

Dos horas después, al sonar la medianoche, el centinela fue relevado.

Era el momento señalado; así es que desde aquel instante milady aguardó con impaciencia.

El nuevo centinela empezó a pasearse por el corredor. Al cabo de diez minutos, Felton volvió.

Milady se hizo oídos.

—Escucha —dijo el puritano al centinela—, bajo pretexto alguno te alejes de esta puerta, pues ya sabes que anoche milord castigó a un soldado por haber abandonado por un instante su puesto, y eso que durante su corta ausencia fui yo quien velé en su lugar.

—Lo sé —contestó el soldado.

—Te recomiendo, pues, la más escrupulosa vigilancia. Yo voy a entrar para inspeccionar por segunda vez el aposento de esa mujer, que me temo alienta siniestros designios contra sí misma, y a quien he recibido la orden de vigilar.


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