Los Tres Mosqueteros

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En verdad, milady no dudaba ni por un instante de que volvería de su destierro; pero ¿cuánto tiempo después? Si para una individualidad tan diligente y ambiciosa como la de milady, son nefastos los días en que uno no se ocupa en subir, ¡cómo deberán llamarse los que uno emplea en bajar! Perder un año, dos, tres; regresar cuando D’Artagnan, dichoso y triunfante, habría, junto con sus amigos, recibido de la reina la recompensa a la que tan acreedores se habían hecho por los servicios que le prestaran, eran pensamientos roedores para una mujer como milady. Por lo demás, la tempestad que en su corazón rugía le duplicaba las fuerzas, y le hubiera hecho reventar los muros de su prisión, de poder haber adquirido su cuerpo y por un solo instante las proporciones de su espíritu. Pero lo que más la aguijaba era el recuerdo del cardenal. ¿Qué debía de pensar, qué debía de decir Richelieu, inquieto y receloso; Richelieu, no solamente su único sostén, su único apoyo, su único protector en lo presente, mas también el principal instrumento de su fortuna y de su venganza en lo venidero? Ella le conocía, y por lo mismo tenía por sabido que a su regreso a Francia, tras un viaje estéril, por más que en su excusa alegase su prisión y ponderase sus sufrimientos, el cardenal respondería con la calma zumbona del escéptico poderoso a la vez que por el poder, por la inteligencia: «Urgía que no os dejarais prender». Al pensar esto, milady, murmurando en lo íntimo de su pensamiento el nombre de Felton, llamaba a sí toda su energía, una luz que penetrase hasta ella en las profundidades del infierno en que cayera; y cual serpiente que arrolla y desarrolla sus anillos para conocer su fuerza, de antemano envolvía a Felton en los múltiples pliegues de su fecunda imaginación. Con todo eso, y unas en pos de otras, las horas parecían despertar la campana a su paso, y cada golpe de la lengua de bronce resonaba en el corazón de la presa. A las nueve, lord Winter hizo su acostumbrada visita; examinó la ventana y los barrotes, tanteó el suelo y las paredes, y escudriñó la chimenea y las puertas, sin que, durante esta larga y minuciosa visita, ni él ni milady pronunciasen palabra; y es que una y otro debían de comprender que la situación había adquirido demasiada gravedad para perder el tiempo en dimes y diretes y en explosiones de cólera ineficaces.


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