Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Milady, que estaba bien dispuesta para recibir a Felton y pudo establecer sus baterías para el día siguiente, sabía que no le quedarían más de dos días, y que una vez que Buckingham hubiese firmado la orden —y Buckingham la firmaría tanto más fácilmente, cuanto aquella ostentaba un nombre supuesto y por lo tanto el duque no podría adivinar de qué mujer se trataba—, el barón la haría embarcar enseguida. Además, milady sabía que las mujeres condenadas a la deportación emplean armas mucho menos eficaces en sus seducciones que las pretensas mujeres virtuosas a las que el sol de la sociedad alumbra la hermosura, de las que la voz de la moda ensalza la especie y a las que dora con sus mágicas vislumbres un reflejo de aristocracia. El estar condenada a una pena vil e infame no es obstáculo para que una mujer sea hermosa, pero impide para siempre más recobrar el poderío. Como todas las gentes de mérito real, milady conocía el medio ambiente adecuado a su modo de ser y a su talento. La pobreza le repugnaba; la abyección reducía a un tercio su grandeza. Milady no era reina más que entre reinas; a su dominación le era menester el gozo del orgullo satisfecho. Señorear a seres inferiores era, para ella, no un placer, sino una humillación.




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