Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Pasé la noche en una silla, estremeciéndome al menor ruido, pues a eso de la medianoche la lámpara se había apagado dejándome otra vez en negruras. Con todo, la noche pasó sin que mi perseguidor hubiese hecho contra mí nuevas tentativas; no obstante, yo empuñaba todavía el cuchillo, en el que cifraba toda mi esperanza… Me era ya imposible luchar contra la fatiga; el insomnio me abrasaba los ojos, pues no me había atrevido a dormir un solo instante, y tranquilizada con la venida del día, me eché en la cama sin separarme de mi cuchillo libertador, que escondí bajo mi almohada. Al despertarme, vi una nueva mesa servida; pero ahora, a despecho de mis inquietudes, me acosaba un hambre insoportable: así pues, comí pan y algunas frutas; después, acordándome del narcótico que mezclado con el agua había bebido, en vez de probar la que había en la mesa, fui a llenar mi vaso a una fuente de mármol empotrada en la pared, encima de mi tocador. A pesar de esta precaución, pasé largo rato en un terror horrible; pero ahora mis temores no eran fundados: el día transcurrió sin que yo sintiera el más leve síntoma de lo que temí. Se me olvidaba decir que tuve la precaución de vaciar la mitad de la botella para que no advirtieran mi desconfianza. Vino otra vez la noche, y con ella la oscuridad; con todo eso, por profundas que fuesen las tinieblas, mis ojos empezaban a acostumbrarse a ellas, así es que en medio de la negrura vi cómo la mesa se hundía en el suelo, para reaparecer un cuarto de hora después con mi cena. Al cabo de poco, y gracias a la misma lámpara, mi aposento quedó otra vez alumbrado. Yo, resuelta a no comer más que alimentos en los cuales era imposible introducir narcótico alguno, reduje mi cena a dos huevos y a tres o cuatro frutas, y luego me bebí un vaso de agua de mi fuente protectora. A los primeros sorbos, y pareciéndome que el agua no tenía el mismo sabor que por la mañana, me asaltó una sospecha, y dejé de beber; pero ya había consumido medio vaso. Arrojé el resto con horror, y con la frente bañada en el sudor del espanto, aguardé. Era seguro que algún testigo invisible me había visto sacar agua de la fuente, y aun se aprovechó de mi confianza para asegurar mejor mi perdición tan fríamente resuelta y con tanta crueldad perseguida. No media hora después sentí los síntomas del narcotismo, con la diferencia de que, como ahora solo me bebiera medio vaso de agua, la lucha fue más larga y, en vez de dormirme completamente, caí en un estado de somnolencia que no me quitaba el conocimiento de lo que pasaba en torno a mí, aunque sí la fuerza de defenderme o de huir. En tal situación, me arrastré hasta la cama para buscar en ella la única defensa que me quedaba, mi cuchillo salvador; pero solo pude llegar hasta la cabecera, donde caí de rodillas y con las manos aferradas a uno de los pilares del pie; entonces comprendí que para mí no había remedio.


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