Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Felton palideció de un modo espantable y se estremeció convulsivamente de pies a cabeza.
—Sin embargo —continuó milady con la voz turbada como si aún sintiera la misma inquietud que en aquel momento terrible—, sin embargo, lo más horroroso es que ahora yo tenÃa conciencia del peligro que me acechaba; que mi alma, si vale decirlo asÃ, velaba en mi dormido cuerpo; que yo veÃa y oÃa: verdad que todo ocurrÃa como en medio de un sueño; pero por la misma causa era más pavoroso. Vi cómo la lámpara subÃa, dejándome poco a poco en la oscuridad; oà el para mà tan conocido rechinar de la puerta por más que no la hubiesen abierto sino dos veces, e instintivamente comprendà que alguien se me acercaba: se dirÃa que el desventurado que se extravÃa en los desiertos de América presiente asà la aproximación de la serpiente. Quise hacer un esfuerzo, intenté dar voces, y aun por una increÃble energÃa de voluntad me levanté, mas para volver a caer al punto… en los brazos de mi perseguidor.
—¡Pero, señora, decidme quién es ese hombre! —exclamó el joven oficial.