Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros A milady le bastó una mirada para ver cuán hondamente hacÃa sufrir a Felton al insistir sobre cada uno de los pormenores de su relato; pero no querÃa eximirle de tormento alguno. Cuanto más le quebrantara el corazón, más seguro era que la vengarÃa. Milady prosiguió, pues, como si no hubiese oÃdo la exclamación del teniente, o como si hubiera juzgado que aún no debÃa responder a ella.
—Solo que ahora —añadió la presa— el infame no se saciaba ya con alguien como un cadáver inerte y sin sentimiento alguno. Ya os lo he dicho, Felton, sin conseguir recobrar el cabal ejercicio de mis facultades, conservaba yo la intuición de mi peligro; asà pues, luché con todas mis fuerzas, y a pesar de mi endeblez, es indudable que opuse una resistencia prolongada, pues le oà exclamar: «¡Ah, malditas puritanas! Ya sabÃa yo que fatigaban a sus verdugos, pero las tenÃa por menos fuertes contra sus amantes». ¡Ay! Aquella resistencia desesperada no podÃa durar mucho; mis fuerzas se agotaron, y entonces el cobarde no se aprovechó ya de mi sueño, sino de mi desmayo.
Felton escuchaba sin hacer oÃr más que una especie de rugido sordo; por su marmórea frente corrÃa el sudor, y con la mano escondida bajo su casaca se desgarraba el pecho.