Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Oh! —prosiguió milady—, resolvà que fuese lo más pronto posible. De dÃa nada tenÃa yo que temer, pero era para mà seguro que el infame volverÃa a la noche siguiente. Asà pues, cuando hubo llegado la hora del almuerzo, no vacilé en comer y en beber: estaba resuelta a fingir que cenaba, pero a no probar bocado; con el alimento de la mañana debÃa combatir el ayuno de la noche. Lo único que hice fue sustraer un vaso de agua a mi almuerzo, ya que la sed habÃa sido lo que más me hiciera sufrir cuando permanecà cuarenta y ocho horas sin comer ni beber. El dÃa transcurrió sin ejercer sobre mà otra influencia que la de afirmarme en mi resolución: procuré tan solo que mi rostro no delatase lo que pasaba en mi alma, pues di por cierto que me estaban espiando, y aun me sonreà más de una vez. Felton, no me atrevo a deciros qué pensamiento me hacÃa sonreÃr, os horrorizarÃais de mÃ…
—Continuad, continuad —dijo el puritano—, ya veis que os escucho y que tengo prisa de llegar al fin.