Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Daos prisa, señora, daos prisa —profirió Felton—; cada una de vuestras palabras me abrasa cual plomo derretido.
—Entonces —continuó milady— reuní todas mis fuerzas, y me acordé de que había llegado el momento de la venganza, o mejor dicho, sonado la hora de la justicia; teniéndome por otra Judith, me recogí sobre mí misma, con mi cuchillo en la mano, y cuando lo vi cerca de mí, con los brazos extendidos para buscar a su víctima, lancé el postrer grito del dolor y de la desesperación, y le herí en mitad del pecho. ¡Ah! El miserable todo lo había previsto: llevaba una cota de mallas, y el cuchillo se embotó.
»“¡Diablos!”, exclamó el infame, asiéndome del brazo y arrancándome el arma que tan mal me sirviera. “¿Conque queréis quitarme la vida, mi hermosa puritana? Esto ya no es odio, es ingratitud. Vamos, calmaos, niña; tenía para mí que os habíais amansado. No soy yo tirano de esos que guarden a la fuerza a las mujeres: en mi fatuidad no pude creer que no me amaseis; pero ahora veo que no. Mañana estaréis libre”.
»Yo, que no alentaba más deseo que el de que me matara, le dije: “Idos con tiento, porque mi libertad envuelve vuestra deshonra”.
»“Explicaos, mi hermosa sibila”, repuso aquel.