Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros »“Sí”, dije, “mi libertad envuelve vuestra deshonra, porque en cuanto yo salga de aquí haré pública la violencia de que me habéis hecho objeto, como haré público mi cautiverio. Denunciaré este palacio de infamia, y por muy encumbrado que estéis, ¡ay de vos! Porque sobre vos está el rey, y sobre el rey está Dios”.
»Mi perseguidor, por muy dueño que parecía ser de sí, no pudo reprimir un ademán de cólera; y digo esto porque, si bien no me era dado ver la expresión de su semblante, sentí cómo se estremecía su brazo, sobre el cual tenía yo la mano.
»“Pues no saldréis de aquí”, profirió mi perseguidor.
»“Bueno”, exclamé, “en este caso el lugar de mi suplicio será también el de mi tumba; moriré aquí, y veréis si un fantasma acusador no es más terrible que un ser viviente que amenaza”.
»“No os dejarán arma alguna”, añadió el infame. “Una hay”, argüí, “que la desesperación ha puesto al alcance de toda criatura que tiene el valor de servirse de ella: me dejaré morir de hambre”.
»“Vamos a ver”, dijo el miserable, “¿no vale más la paz que semejante guerra? Os devuelvo inmediatamente la libertad, os proclamo prototipo de virtud y os nombro la Lucrecia de Inglaterra”.