Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros »“Y yo digo”, le respondí, “que vos sois el Sexto de ella, y os denuncio a los hombres como ya os he denunciado a Dios; y si es menester que, como Lucrecia, signe yo mi acusación con mi sangre, lo haré”.
»“Esto ya es distinto”, repuso con zumba mi enemigo. “Al fin y al cabo, estáis bien aquí, donde nada os faltará, y vuestra será la culpa si os dejáis morir de hambre”.
»Tras estas palabras, el infame se fue, y yo, después de oír cómo se abría y cerraba la puerta, me quedé abismada, más en la vergüenza de no haberme vengado, lo confieso, que no en mi dolor. El miserable cumplió su palabra. El día y la noche siguientes transcurrieron sin que yo volviese a verlo; pero también yo cumplí lo que ofreciera, no comí ni bebí, y, como le previne, estaba decidida a dejarme morir de hambre. Pasé el día y la noche orando, confiada en que Dios me perdonaría mi suicidio. La segunda noche abrieron la puerta; yo, que con las fuerzas ya muy quebrantadas, estaba tendida en el suelo, al oír el ruido me incorporé con ayuda de una mano.