Los Tres Mosqueteros

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LVII

UN RECURSO DE TRAGEDIA CLÁSICA

Milady, tras un corto silencio que aprovechó para observar a su oyente, continuó su relato en los siguientes términos:

—Iban ya para tres días que yo no había comido ni bebido; mis padecimientos eran atroces, y a ellos, de cuando en cuando, se unían como unas nubes que me oprimían las sienes y me velaban los ojos: era el delirio. Llegó la noche; yo estaba tan endeble, que a cada instante me desmayaba, y cada vez que me recobraba rendía gracias a Dios, pues tenía por cierto que iba a morirme. En medio de uno de mis desmayos, oí cómo se abría la puerta, y el terror me devolvió los sentidos. El infame entró en mi aposento seguido de un hombre; los dos iban enmascarados; a pesar de eso conocí a mi verdugo en su andar, en su voz y en el ademán imponente que el infierno ha dado a su persona para desventura de la humanidad.

»“¿Estáis decidida a prestar el juramento que os pedí?”, me preguntó el miserable.

»“Vos mismo dijisteis que los puritanos cumplen lo que prometen”, repuse, “y ya oísteis lo que os prometí: os perseguiré en la tierra ante el tribunal de los hombres, y en el cielo ante el tribunal del Omnipotente”.

»“¿Conque persistís?”, exclamó.


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