Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Por fortuna, empero, o más bien por haber sido diestramente dirigido, el cuchillo habÃa chocado con el emballenado de hierro que, en aquel entonces, defendÃa como una coraza el pecho de las mujeres, y resbalando por el vestido y desgarrándolo, habÃa penetrado oblicuamente entre carne y hueso.
No por eso dejó de teñirse inmediatamente en sangre el vestido de milady, la cual dio consigo en tierra y, al parecer, desmayada.
—Ahà una mujer que estaba bajo mi custodia y que se ha suicidado, milord —dijo Felton con ademán sombrÃo y arrancando el arma.
—Sosegaos, Felton —dijo el barón—, no está muerta; los demonios no mueren tan fácilmente; sosegaos e idos a mi habitación y esperadme en ella.
—Pero, milord…
—Idos, os lo ordeno.
A este mandamiento de su superior, el teniente obedeció; pero, al salir, se metió el cuchillo en el seno.
El barón se limitó a llamar a la mujer que servÃa a milady, y una vez aquella hubo llegado, le encomendó la presa, que continuaba desmayada, y la dejó a solas con ella.