Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Felton, fuera de sí, casi loco, no respondió palabra. Milady, que comprendió que era ella la que debía dominar la situación, se abalanzó a la mesa, empuñó el cuchillo que el teniente dejara en ella, y exclamó:

—¿Con qué derecho queréis impedirme que me mate?

—¡Santo Dios! —dijo Felton al ver brillar el cuchillo en la mano de la presa.

En esto resonó en el corredor una carcajada de ironía. Era el barón que, atraído por el ruido, envuelto en una bata y con su espada sobarcada, estaba en pie a la puerta.

—¡Ja! ¡Ja! —exclamó lord Winter—. Ya hemos llegado al último acto de la tragedia; ya lo veis, Felton, el drama ha seguido todas las fases previamente indicadas por mí; pero no temáis, no llegará la sangre al río.

Milady, comprendiendo que de no dar a Felton una prueba inmediata y terrible de su valor, estaba perdida, dijo:

—Os engañáis, milord, la sangre manará, y ojalá que Dios haga caer esa sangre sobre los que la hacen manar.

Felton lanzó un gran grito y se precipitó hacia ella; pero ya era demasiado tarde: milady se había herido.


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