Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Oh! ¡La muerte! ¡La muerte! —decía milady, velando su voz y sus párpados—. ¡La muerte antes que la afrenta! Felton, hermano mío, amigo mío, te lo ruego con toda el alma, ¡mátame!

—¡No! —exclamó el puritano—. Vivirás, y vivirás vengada.

—Felton, siembro la desventura en cuanto me rodea; abandóname, Felton; déjame morir.

—Pues bien, moriremos juntos —profirió el joven, apoyando sus labios en los de la presa.

En la puerta resonaron repetidos golpes, y milady repelió ahora verdaderamente a Felton, diciéndole:

—Nos han escuchado, vienen. ¡Oh! No hay remedio para nosotros, estamos perdidos.

—No —repuso el teniente—, es el centinela que me avisa de la llegada de una ronda.

—Entonces, apresuraos a abrir vos mismo.

Felton obedeció, y es que milady era ya su único pensamiento, su alma toda.

Al abrir, el teniente se encontró de manos a boca con un sargento que mandaba una patrulla.

—¿Qué hay? —preguntó el puritano.

—Me habíais dicho que si oía pedir socorro abriese la puerta —dijo el centinela—, pero como se os ha olvidado dejarme la llave y os he oído gritar sin comprender lo que decíais, he llamado al sargento.

—Y aquí estoy —dijo este.


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