Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Buckingham —prosiguió milady— supo indudablemente de mi regreso, habló de mà a lord Winter, ya predispuesto contra mÃ, y le dijo que su cuñada era una mujer perdida, herrada. ¡Ay! Ya no estaba ahà la voz pura y noble de mi marido para defenderme. Mi cuñado, que creyó cuanto le dijeron, y lo creyó tanto más fácilmente cuanto tenÃa interés en creerlo, me hizo detener, me condujo aquÃ, y me puso bajo vuestra vigilancia. Ya sabéis lo demás: pasado mañana Buckingham me destierra, me deporta, me relega entre las infames. ¡Oh! La trama está bien urdida, la conspiración es hábil y mi deshonra no sobrevivirá a ella ¡Ay! Es menester que yo muera, Felton, ya lo veis; dadme ese cuchillo.
Tras estas palabras, y como si hubiese agotado todas sus fuerzas, milady se dejó caer, endeble y desfallecida, en brazos del joven oficial, que, ebrio de amor, de cólera y de incógnitas voluptuosidades para él, la recibió enajenado, la estrechó contra su corazón, estremeciéndose al aliento de aquella boca tan hermosa, fuera de sà al contacto de aquel palpitante seno.
—No, no —dijo Felton—, vivirás honrada y pura, vivirás para triunfar de tus enemigos.
Milady apartó de sà y con lentitud al teniente, atrayéndole a la vez con la mirada; pero Felton, a su vez, se apoderó de ella, implorándole como a una divinidad.