Los Tres Mosqueteros

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Pasó la patrulla, y se fue alejando el rumor de los pasos, así como debilitándose el murmullo de las voces.

—Ahora estamos salvados —dijo Felton. Milady lanzó un suspiro y se desmayó.

El teniente continuó descendiendo y, una vez en el extremo de la escalera y cuando a sus pies ya les faltó apoyo, se agarró con las manos; finalmente, al llegar al último escalón, se dejó colgar a fuerza de puños y tocó el suelo, se agachó, recogió el talego y lo tomó entre los dientes. Luego levantó en peso a milady y se alejó con rapidez en dirección contraria a la que tomara la patrulla.

Felton, al poco, se desvió del camino de ronda, descendió a través de las peñas y, una vez en la orilla del mar, dio un silbido, al que respondió otro silbido.

Cinco minutos después, el puritano vio aparecer un bote tripulado por cuatro hombres, que se acercó a la playa cuanto le fue posible, por no haber allí fondo suficiente para que pudiese atracar. Felton, que no quería confiar a nadie su preciosa carga, entró en el mar; el agua le llegaba hasta la cintura.

Por fortuna, la tempestad iba amainando, si bien el mar estaba todavía muy proceloso y hacía saltar como una cáscara de nuez la frágil embarcación.

—A la balandra y remad aprisa —dijo Felton.


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