Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El teniente empezó a descender lentamente y uno a uno los escalones, oscilando en el vacío, junto con su carga y a pesar del peso de los dos cuerpos, del soplo de la tormenta.
De improviso, Felton se detuvo.
—¿Qué hay? —preguntó milady.
—Silencio —respondió el teniente—, oigo pasos.
—¡Estamos descubiertos!
Los dos guardaron silencio por unos instantes.
—No es nada —dijo Felton.
—Pero, en definitiva, ¿qué ruido es ese?
—El de la patrulla que va a pasar por el camino de ronda.
—¿Dónde está ese camino?
—A nuestros pies.
—La patrulla va a descubrirnos.
—No, ya no relampaguea.
—Chocará con la escala.
—Por fortuna es corta, de seis pies.
—¡Dios mío! ¡Ya están ahí!
—¡Callaos!
Felton y milady permanecieron suspendidos, inmóviles y sin respirar, a veinte pies del suelo, mientras por debajo de ellos pasaban los soldados, riendo y charlando.
Para los fugitivos, aquel fue un momento terrible.