Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Ahora, ¿queréis venir? —dijo el teniente después de haber dejado caer el talego al pie del muro.
—Aquà estoy —respondió milady, subiéndose a un sillón y de este a la ventana, desde donde vio al joven oficial suspendido sobre el abismo por una escala de cuerda.
Por vez primera, el terror recordó a milady que era mujer; el vacÃo la llenaba de espanto.
—Me lo temÃa —dijo Felton.
—No es nada, no es nada —repuso milady—, bajaré con los ojos cerrados.
—¿Confiáis en m� —profirió Felton.
—¿Eso me preguntáis?
—Cruzad las manos pues; asÃ.
Felton ató con un pañuelo las muñecas de milady, y luego y por encima del pañuelo se las ligó con una cuerda.
—¿Qué hacéis? —preguntó milady con sorpresa.
—Rodead mi cuello con los brazos y nada temáis.
—Pero ¿no veis que os haré perder el equilibrio y los dos nos estrellaremos?
—Sosegaos, soy marino.
No habÃa que perder segundo; milady echó, pues, los brazos en torno del cuello de Felton y se dejó deslizar fuera de la ventana.