Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Oh! ¡SÃ!
—¿Y vuestra herida?
—Me duele, pero no me impide andar.
—Estad presta a la primera señal.
Milady volvió a cerrar la ventana, mató la luz y, como Felton le dijera, fue a acurrucarse en su cama.
En medio de los lamentos de la tempestad, milady oÃa el rechinamiento de la lima contra los barrotes, y al brillo de los relámpagos divisaba, tras los vidrios, la sombra del teniente.
Milady pasó una hora sin respirar, jadeante y trasudada y con el corazón oprimido por una espantosa inquietud cada vez que oÃa algún ruido en el corredor.
Hay horas que duran lo que un año.
Al cabo de una, Felton llamó de nuevo, y milady se arrojó de la cama para abrir la ventana.
En la reja faltaban dos barrotes, que dejaron una abertura por la que podÃa pasar un hombre.
—¿Estáis pronta? —preguntó el teniente.
—SÃ. ¿Debo llevarme algo conmigo?
—Dinero, si poseéis.
—Por fortuna, no me han quitado el que traje.
—Mejor, pues yo he empleado todo el mÃo en fletar una barca.
—Tomad —dijo milady, poniendo en las manos de Felton un talego henchido de luises.