Los Tres Mosqueteros

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Esta reventó a las diez de la noche: milady sentía cierto consuelo al ver que la naturaleza compartía el desorden de su corazón; el trueno rugía en el espacio como la cólera en su pensamiento, y le parecía que el viento, a su paso, la desmelenaba como hiciera a los árboles de los que encorvaba las ramas y a los que arrebataba las hojas. Milady aullaba como el huracán, y su voz se confundía con la potente voz de la naturaleza, que a su vez parecía gemir y desesperarse.

De pronto milady oyó un golpe en un vidrio, y al fulgor de un relámpago vio aparecer tras los barrotes de la ventana el rostro de un hombre.

—¡Felton! ¡Estoy salvada! —profirió la presa corriendo a la ventana y abriéndola.

—Soy yo —dijo el puritano—, pero silencio, es preciso que pueda yo limar estos barrotes. Procurad tan solo que no os vean por el ventanillo.

—¡Oh! —repuso milady—. Una prueba de que Dios nos favorece es que han tapado el ventanillo con una plancha.

—Está bien, Dios les ha quitado la razón —dijo Felton.

—Pero y yo, ¿qué debo hacer? —preguntó milady.

—Nada más que cerrar la ventana. Acostaos, o por lo menos meteos en la cama vestida; cuando esté listo, llamaré en los cristales; pero ¿podréis seguirme?


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