Los Tres Mosqueteros

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—Enhorabuena —profirió el barón, a quien le bastó una sola mirada para conocer lo que pasaba en el alma de milady—, pero no me mataréis todavía en el día de hoy; ya no poseéis arma alguna y, por otra parte, estoy alerta. Habíais empezado a pervertir a mi pobre Felton: sufría ya vuestro infernal influjo, pero como quiero salvarlo, no volverá a veros; todo ha acabado entre vos y él. Como mañana partís, reunid vuestras ropas. El embarco lo había fijado yo para el 24, pero he meditado que vuestra partida sería tanto más segura cuanto más cercana. Mañana al mediodía estará en mi poder la orden de vuestro destierro, firmada por Buckingham. Si dirigís una sola palabra a quien quiera que sea antes de hallaros a bordo, mi sargento tiene la orden de levantaros la tapa de los sesos; si una vez en el buque, decís una palabra sea a quien fuere antes de que os lo permita el capitán, este hará que os arrojen al mar. Por hoy nada más tengo que deciros; hasta la vista, es decir, hasta mañana, que volveré a veros para despedirme de vos.

Tras estas palabras el barón salió.

Milady había escuchado al barón con la sonrisa del desdén en los labios, pero con la rabia en el corazón, no sabiendo, como no sabía, qué podía pasar durante aquella noche que se acercaba amenazadora, pues por el espacio bogaban gruesas nubes y a lo lejos brillaban relámpagos mensajeros de tormenta.


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