Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Milady dijo que, sintiéndose demasiado endeble, lo único que deseaba era que la dejaran sola.
El soldado se fue, dejando la mesa servida.
Felton había sido alejado, y sustituidos los soldados de marina; por lo tanto, desconfiaban de Felton. Para la presa esto era el golpe de gracia.
Una vez sola, milady se levantó; la cama, en la que permanecía por prudencia y para dar a entender que estaba herida de gravedad, la abrasaba como una hoguera.
Milady lanzó una mirada a la puerta, y al ver que el barón, indudablemente temeroso de que a través de aquella abertura y por diabólicas artes la presa consiguiese seducir a los guardias, había hecho clavar una plancha sobre el ventanillo, se sonrió de gozo. ¡Ah! Por fin podía entregarse a sus arrebatos sin que la observaran. Cual loca rematada o tigre encerrado en férrea jaula, milady recorría su aposento; y era seguro que de haber quedado en su poder el cuchillo, ahora habría pensado, no ya en quitarse a sí misma la vida, sino en arrancársela al barón.
A las seis entró lord Winter armado de todas armas. Aquel hombre, en quien hasta entonces milady no viera más que un gentilhombre mentecato, se había convertido en carcelero admirable; parecía preverlo y adivinarlo todo y anticiparse a todo.