Los Tres Mosqueteros

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—Con perdón, milord, hablo como puedo; me refreno. Sin embargo, milord, meditad lo que vais a hacer, y ved de no colmar el vaso.

—¿Decís?… ¡Por Dios! Tengo para mí que me amenazáis —profirió el duque.

—No, milord, no amenazo, todavía ruego, y os digo: basta una gota de agua para hacer rebosar un vaso; una falta ligera puede atraer el castigo sobre la cabeza libre de castigo a pesar de tantos crímenes.

—¡M. Felton! —exclamó Buckingham—. Salid de aquí inmediatamente y presentaos arrestado.

—Vais a escucharme hasta el fin, milord —repuso el puritano—. Vos sedujisteis a esa mujer, la ultrajasteis, la mancillasteis; reparad vuestros crímenes para con ella, dejadla que parta libremente, y no exigiré más de vos.

—¡No exigiréis! —dijo el duque, mirando a Felton con asombro y recalcando una a una las sílabas de las dos palabras que acababa de pronunciar.

—Milord —continuó el teniente, exaltándose a medida que hablaba—, id con tiento, toda Inglaterra está cansada de vuestras iniquidades; habéis abusado del poder real, que habéis casi usurpado, llenáis de horror a los hombres y a Dios, a Dios, que os castigará más tarde, así como yo os castigaré hoy.

—¡Ah! ¡Esto ya es inaguantable! —gritó Buckingham, dando un paso hacia la puerta.


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