Los Tres Mosqueteros

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En efecto, a las siete de la mañana le habían hecho sabedor de que de una de las ventanas del castillo colgaba una escalera de cuerda. Lord Winter corrió inmediatamente al aposento de milady, y al hallarlo vacío, con la ventana abierta y los barrotes limados, se acordó de la recomendación verbal que le hiciera trasmitir D’Artagnan por su mensajero, y se estremeció por el duque. Inmediatamente, bajó a la caballeriza, y para no perder tiempo en hacer ensillar un caballo, se subió sobre el que primero halló a mano y salió a toda prisa hacia el palacio de Buckingham, donde se apeó en el patio y echó precipitadamente escalera arriba en el momento en que Felton iba a bajar por ella.

El duque, sin embargo, no había muerto: recobró sus sentidos, abrió de nuevo los ojos, y los presentes volvieron a dar entrada en sus corazones a la esperanza.

—Señores —dijo Buckingham—, dejadme solo con Patrice y La Porte.

—¡Ah! ¿Sois vos, Winter? ¡Qué loco más singular me habéis enviado esta mañana! ¡Ved el estado en que me ha puesto!

—¡Oh, milord! —exclamó el barón—, nunca me perdonaré por habéroslo enviado.

—Y harías mal, mi querido Winter —profirió Buckingham tendiendo la mano al barón—, no conozco hombre alguno que merezca que otro hombre suspire por él durante toda su vida; pero déjanos, hazme esta merced.


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