Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Al oír el grito que lanzara el duque y el llamamiento de Patrice, el hombre a quien Felton encontrara en la antesala entró disparado en el gabinete y halló a Buckingham tendido en un sofá y apretándose la herida con su crispada mano.

—La Porte —dijo Buckingham con voz moribunda—, ¿vienes de parte de ella?

—Sí, monseñor —respondió el fiel servidor de Ana de Austria—, pero quizá demasiado tarde.

—¡Silencio, La Porte! Podrían oíros; Patrice, no permitáis la entrada a quien quiera que sea. ¡Oh! No sabré lo que ella me envía a decir. ¡Dios mío, me muero!

Buckingham se desmayó.

Con todo eso, el barón, los diputados, los jefes de la expedición y los oficiales de la casa del duque habían invadido el gabinete, y en todas partes no se oían más que gritos de desesperación. La nueva que llenaba de lamentos y gemidos el palacio se desbordó y se esparció con la rapidez del rayo por la ciudad.

Un cañonazo anunció que acababa de pasar algo nuevo e inesperado.

—¡Oh! Lo he sabido un minuto demasiado tarde —decía el barón, mesándose los cabellos—. ¡Qué terrible desgracia, Dios mío!


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