Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Un mozo… Pero dejen que antes y de una plumada trace su retrato: figúrense ustedes a don Quijote a los dieciocho años; a don Quijote sin coselete, loriga ni martingala, con jubón de lana, azul en otro tiempo, que ahora había tomado un matiz indefinible entre el de la hez del vino y el azul celeste. Tenía, el susodicho mozo, aguileño y moreno el rostro, abultados los pómulos —señal de astucia—, los músculos maxilares excesivamente desarrollados —indicio infalible por el cual se conoce al gascón, aunque no lleve boina, y él la llevaba, y adornada con una especie de pluma—, y la nariz corva, pero de perfil correcto, aunque pecaba de grande para un adolescente y de pequeña para un hombre hecho y derecho. Además, y pendiente de un tahalí de cuero, llevaba el mozo una larga tizona que le azotaba las pantorrillas cuando andaba a pie, y golpeaba el erizado pelo de su montura cuando iba a caballo, y sin la cual un hombre poco sagaz le habría tomado por el hijo de algún arrendador de viaje.