Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Las dos mujeres estuvieron largo tiempo abrazadas; pero, a decir verdad, si las fuerzas de milady hubiesen igualado su odio, mm. Bonacieux no hubiera salido sino muerta de aquel abrazo.

—¡Oh, hermosa mía! —dijo milady, que, no pudiendo ahogar a la novicia, la miró sonriendo—. ¡Cuánto me halaga veros! Dejadme que os contemple. Sí, verdaderamente sois vos —continuó milady, bebiéndose con la mirada a su interlocutora—. Sois el vivo retrato de la pintura que él me hizo de vos; os conozco como a mí misma.

La pobre mm. Bonacieux no podía sospechar la espantosa lucha que se libraba tras la muralla de aquella frente pura, tras aquellos ojos tan brillantes que no dejaban traslucir más que interés y compasión.

—Entonces, sabéis cuánto he sufrido, señora —dijo la novicia—, pues os ha dicho él lo que ha sufrido; pero sufrir por él es una dicha.

—Sí, es una dicha —profirió maquinalmente milady, cuyo pensamiento volaba por otras regiones.

—Por otra parte —continuó mm. Bonacieux—, mi suplicio toca a su fin: mañana, esta noche tal vez, volveré a verle, y entonces lo pasado quedará desvanecido.

—¡Esta noche! ¡Mañana! —exclamó milady, arrancada de su meditación por estas palabras—, ¿qué queréis decir? ¿Esperáis nuevas de él?


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