Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—No, sino a él mismo.

—¡A él mismo! ¡D’Artagnan, aquí! ¡Es imposible! Está en el sitio de La Rochelle con el cardenal, y no regresará hasta que la ciudad se haya rendido.

—Vos lo suponéis así, pero ¿acaso hay imposibles para mi D’Artagnan, para el noble y leal gentilhombre?

—¡Oh! No puedo creeros.

—Pues bien, leed —profirió en el colmo de su orgullo y de su alegría la desventurada mujer, presentando una carta a milady.

¡Letra de mm. de Chevreuse!, dijo para sí la cuñada de lord Winter. ¡Ah! ¡Ya estaba yo segura de que ellos tenían inteligencias por ese lado! Milady leyó con avidez las siguientes líneas:

Hija mía:

Preparaos, nuestro arraigo no tardará en veros, y solo os verá para arrancaros de la prisión en la que vuestra seguridad reclamaba que estuvieseis escondida: disponeos, pues, a partir y nunca desesperéis de nosotras.

Nuestro simpático gascón acaba de mostrarse valeroso y fiel como siempre; decidle que hay quien le agradece el aviso que ha dado.

—La carta es concluyente —dijo milady—. ¿Sabéis vos cuál sea el aviso a que alude?


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