Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—No; pero sospecho que habrá prevenido a la reina respecto de alguna nueva maquinación del cardenal.

—Eso será —repuso milady, devolviendo la carta a mm. Bonacieux y dejando caer su pensativa cabeza sobre el pecho.

En esto se oyó el galope de un caballo.

—¡Ah! —exclamó mm. Bonacieux, abalanzándose a la ventana—, ¿si ya será él?

Milady se había quedado en la cama, petrificada por la sorpresa; de pronto se le echaban encima tantos acontecimientos imprevistos, que por vez primera se le turbó la mente.

—¡El! ¡Él! ¿Si será él? —murmuró milady, como clavada en la cama y con la mirada fija.

—¡Ay! No es él —dijo mm. Bonacieux—, es un hombre a quien no conozco, y que, sin embargo, parece que se dirige aquí… Sí…, acorta el paso a su cabalgadura…, se detiene a la puerta…, llama.

—¿Estáis segura de que no es él? —preguntó milady levantándose.

—Segurísima.

—Puede que hayáis visto mal.

—Me bastaría columbrar la pluma de su sombrero o el orillo de su capa para conocerlo.

—No importa —profirió milady, vistiéndose—, ¿decís que ese hombre viene aquí?

—Sí, ya ha entrado.


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