Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Aquel hombre es mi hermano —dijo milady, bajando la voz.
—¡Vuestro hermano! —profirió mm. Bonacieux.
—Únicamente vos sabéis este secreto, hija mÃa, si lo confiaseis a alguien, fuese quién fuere, originarÃais mi perdición, y quizá la vuestra.
—¡Virgen SantÃsima!
—Escuchad lo que pasa: mi hermano, que venÃa en mi auxilio para sacarme de aquà a viva fuerza si fuese menester, ha encontrado al emisario del cardenal que venÃa a buscarme, y echando tras él, al llegar a un lugar apartado y solitario del camino, ha tirado de su espada e intimado al mensajero que le entregara los papeles de que era portador. El mensajero se ha resistido, y mi hermano le ha quitado la vida.
—¡Oh! —repuso mm. Bonacieux, estremeciéndose.
—Si bien lo calculáis —profirió milady—, no cabÃa otro remedio. Entonces, mi hermano ha resuelto sustituir la astucia a la fuerza, y apoderándose de los papeles, se ha presentado aquÃ, fingiéndose emisario del cardenal, de parte de quien vendrá un coche a por mà dentro de una hora o dos.
—Comprendo; el coche ese debe enviároslo vuestro hermano.