Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Apenas el hombre de elevada estatura hubo leído las dos líneas, visto la firma y conocido el sello, se inclinó en señal de que ya no le quedaba objeción alguna que hacer y que estaba pronto a cumplir lo que de él reclamaran.
Athos, que nada más deseaba, se levantó, saludó, salió de la casita, regresó al mesón y se encerró en su cuarto.
Al clarear, D’Artagnan entró a ver a su amigo y le preguntó qué había que hacer:
—Aguardar —respondió Athos.
Poco después, la abadesa de las carmelitas mandó recado a los mosqueteros, anunciándoles que al mediodía se verificaría la inhumación del cadáver de mm. Bonacieux.
Cuanto a la envenenadora, no se sabía de ella; lo único que podía conjeturarse era que había huido por el huerto, pues en la arena del mismo se veían huellas de su paso; esto sin contar que la llave de la puerta había desaparecido y que la puerta estaba cerrada.
A la hora indicada, los cuatro amigos y lord Winter se encaminaron al convento al son de las campanas, que llenaban el espacio con su triste clamoreo.
La capilla del convento de las carmelitas estaba abierta, y cerrada la reja del coro, en medio del cual estaba expuesto el cuerpo de la víctima, con sus hábitos de novicia.