Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Todo el mobiliario del laboratorio indicaba que aquel en cuya casa Athos se hallaba estaba entregado al estudio de las ciencias naturales: había allí bocales llenos de serpientes, rotulados según las especies; grandes cuadros de madera negra en los que relucían cual talladas esmeraldas lagartos disecados, y haces de hierbas silvestres, odoríferas y, sin duda, dotadas de virtudes ignoradas del vulgo, colgaban del techo y descendían por los rincones del aposento.

El hombre de elevada estatura no tenía familia ni criados; vivía solo.

Athos lanzó una mirada fría e indiferente a los objetos que acabamos de describir, y, a una indicación del individuo en busca del cual fuera a aquella casa, tomó asiento junto á él para explicarle la causa de su visita y hacerle sabedor del servicio que de él reclamaba.

Apenas Athos se hubo explicado, el desconocido, que había permanecido en pie ante aquel, retrocedió con ademán de terror y se negó a satisfacer los deseos del visitante.

Entonces Athos sacó de su faltriquera un pedazo de papel en el que estaban escritas dos líneas autorizadas con una firma y un sello, y lo presentó a aquel que daba demasiado prematuramente tales muestras de repugnancia.


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