Los Tres Mosqueteros

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Athos se acercó a la casita, y antes de poder distinguir la puerta de entrada en medio del rojizo color de que estaba pintada aquella, la rodeó por completo. A través de los resquicios de los postigos no se descubría luz alguna, ni se oía el más leve ruido que pudiese dar a suponer que estuviese habitada: la casita aquella era sombría y muda como un sepulcro.

Tres veces llamó Athos sin que le respondieran; sin embargo, a poco de haber resonado el tercer golpe se oyó en el interior de la casita un rumor de pasos que se acercaban, se entreabrió la puerta, y apareció un hombre de elevada estatura, tez pálida y cabellos y barba negros.

Después de haber cruzado en voz baja algunas palabras Athos y el habitante de la casita, este hizo seña al mosquetero de que podía entrar.

Athos se aprovechó inmediatamente del permiso y la puerta se cerró tras él.

El hombre a quien Athos había ido a buscar tan lejos y al cual tanto le costara encontrar le hizo entrar en su laboratorio, donde estaba ocupado en sujetar con alambres los chasqueantes huesos de un esqueleto del cual se veía el cráneo sobre la mesa.


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