Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Athos se internó en la calle que el transeúnte designara con el dedo; mas, al llegar a una encrucijada, se detuvo nuevamente con visible perplejidad. Sin embargo, por ser aquel sitio una encrucijada, le ofrecía muchas más probabilidades de dar con un transeúnte que cualquier otro lugar, así que resolvió aguardar allí. En efecto, poco después pasó un sereno, y Athos le repitió la misma pregunta que hiciera al primer transeúnte con quien se había encontrado. El sereno dio las mismas muestras de terror que el otro, se negó también a acompañar a Athos, y le indicó con el dedo el camino que debía seguir. Athos tomó la dirección indicada, llegó al arrabal situado al extremo de la ciudad opuesto a aquel por donde él y sus compañeros habían entrado, y una vez allí se detuvo por tercera vez, inquieto y dubitativo.
Por fortuna, pasó un mendigo, que se acercó a Athos para pedirle limosna y que, al ofrecerle el mosquetero un escudo para que lo acompañase a donde iba, titubeó por un instante; sin embargo, al ver relucir en la oscuridad la moneda de plata, se decidió y echó a andar delante de Athos, hasta que, llegado a la esquina de una calle, mostró con el dedo una casita aislada, solitaria y triste, y desapareció a escape después de haber recibido la moneda ofrecida.