Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros LA EJECUCIÓN
Era poco más o menos la medianoche; la luna, menguante y enrojecida por los últimos vestigios de la tempestad, se levantaba a espaldas de la pequeña ciudad de Armentières, cuyas casas y su alto y calado campanario resaltaban sombrÃamente sobre la descolorida luz del astro nocturno. Enfrente, y como rÃo de fundido estaño, se deslizaba el Lys, y más allá, en la margen opuesta, se divisaba la negra mole de los árboles perfilarse sobre un cielo tempestuoso y preñado de gruesas y cobrizas nubes que formaban como un crepúsculo en medio de las tinieblas. A la izquierda se alzaba un vetusto y abandonado molino de inmóviles aspas, y entre sus ruinas partÃa el lamento agudo, periódico y monótono del mochuelo. Acá y acullá en la planicie, a uno y otro lado del camino que seguÃa el fúnebre cortejo, se veÃan algunos árboles bajos y achaparrados, parecidos a deformes enanos acurrucados para acechar a los hombres en aquella hora siniestra.
De tiempo en tiempo, brillaba en toda la amplitud del horizonte un relámpago que serpeaba encima de la negra mole de los árboles y, cual espantosa cimitarra, cortaba en dos partes el cielo y el agua.