Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Porque no quiero morir! —exclamó milady, resistiéndose—. ¡Porque soy demasiado joven para morir!

—Señora —profirió D’Artagnan—, más joven que vos era la mujer a quien envenenasteis en Béthune, y, sin embargo, está muerta.

—Entraré en un convento, me haré monja —dijo milady.

—Ya estabais en él —arguyó el verdugo—, y de él salisteis para perder a mi hermano.

Milady lanzó un grito de terror y cayó de rodillas. El verdugo la tomó a peso para llevarla a la barca.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! —gritó milady—. ¿Vais a ahogarme?

Aquellos gritos tenían un no sé qué tan desgarrador, que D’Artagnan, que al principio era el que se mostraba más encarnizado en la persecución de milady, se dejó caer sobre un tronco, inclinó la cabeza y se tapó los oídos con las manos, a pesar de lo cual continuó oyendo las amenazas y los gritos de aquella.

D’Artagnan era el más joven de todos, y le cayó el ánimo.

—¡Oh! ¡No puedo presenciar ese horrendo espectáculo! ¡No puedo consentir que esa mujer muera de esta suerte! —profirió el mozo.


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