Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Cuando hubieron llegado al borde del agua, el verdugo se acercó a milady y la ató de pies y manos.
—Sois unos cobardes —profirió milady, rompiendo el silencio—, sois unos asesinos, os congregáis diez hombres para degollar a una mujer. Ved lo que hacéis; si no me socorren, seré vengada.
—Vos no sois mujer —replicó con frialdad Athos—, no pertenecéis a la especie humana, sois un demonio escapado del infierno y a él vamos a haceros volver.
—¡Ah! ¡Mirad los hombres virtuosos! —dijo milady—, ved que el que me toque en un cabello se convierte a su vez en asesino.
—El verdugo está autorizado para matar sin que pueda aplicársele tal calificativo, señora —repuso el de la capa roja, golpeando su ancha cuchilla—; es el último juez, y nada más: Nachrichter, que dicen nuestros vecinos los alemanes.
El verdugo profirió estas palabras mientras estaba atando a milady, la cual lanzó dos o tres gritos salvajes, que al volar en medio de las tinieblas para perderse en las profundidades del bosque hicieron un efecto sombrÃo y extraño.
—Si soy culpable, si he cometido los crÃmenes de que me acusáis —aullaba milady—, conducidme ante un tribunal; vosotros no sois jueces para condenarme.
—Ya os propuse Tyburn —dijo lord Winter—, ¿por qué no aceptasteis?