Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Ay, amigo mío! —contestó Aramis—, nuestras últimas aventuras me han disgustado por completo de la vida y de la espada. Ahora estoy irrevocablemente decidido: en cuanto haya acabado el sitio de La Rochelle, entro en los Lazaristas. Guardad para vos ese despacho, D’Artagnan, la carrera de las armas os conviene, seréis un capitán bravo y atrevido.

D’Artagnan, con lágrimas de gratitud en los ojos y radiante de alegría, se volvió al cuarto de Athos, a quien encontró todavía sentado a la mesa, pero contemplando su último vaso de vino de Málaga a la luz de la lámpara.

—También se han negado ellos a admitir el despacho —repuso el gascón.

—Es que no hay quien sea más digno de él que vos, mi buen amigo —dijo Athos, cogiendo el pergamino, escribiendo en él el nombre de D’Artagnan y devolviéndoselo.

—¡Ay de mí! Que me quedo sin amigos, y sin más que mis amargos recuerdos —profirió el mozo, dejando caer la cabeza entre las manos y escapándosele de los ojos dos lágrimas que le rodaron por las mejillas.

—Sois joven —dijo Athos—, y vuestros recuerdos amargos tienen tiempo de convertirse en dulces recuerdos.


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