Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan contó a su amigo su entrevista con el cardenal y, sacando de su faltriquera el despacho, dijo:
—Vamos, escribid aquí vuestro nombre y sed para mí un buen jefe.
Porthos leyó el despacho, y lo devolvió a D’Artagnan, que quedó grandemente admirado.
—Verdaderamente me halagaría mucho —profirió el gigante—, pero no podría disfrutar largo tiempo el cargo. Durante nuestra expedición a Béthune, murió el marido de mi duquesa; de modo que al ver que el arca del difunto me tendía los brazos, he resuelto casarme con la viuda. Ahora estaba probándome mi traje de boda. Quedaos vos con el cargo, amigo mío.
D’Artagnan entró a ver a Aramis, y lo encontró arrodillado en un reclinatorio y con la frente apoyada en su Libro de horas abierto, lo cual no impidió que le refiriera su entrevista con el cardenal. Luego, sacó por tercera vez de su faltriquera el despacho, y dijo a Aramis:
—Vos, nuestro amigo, nuestro guía, nuestro protector invisible, aceptad este despacho; sois más que todos merecedor de él por vuestra prudencia y vuestros consejos siempre coronados del éxito más feliz.