Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Esta noche.
En efecto, aquella misma noche D’Artagnan fue al alojamiento de Athos, a quien encontró en disposición de descorchar una botella de vino de España, ocupación a que daba religioso cumplimiento todas las noches, y le refirió con todo detalle cuanto pasara entre él y Richelieu.
—Tomad, mi querido Athos —dijo el mozo una vez que hubo dado fin al relato, sacando de su faltriquera el pergamino—, esto os corresponde a vos por derecho.
—Amigo mío —repuso Athos, leyendo el despacho y sonriendo de una manera suave—, para Athos es demasiado, para el conde de La Fère es excesivamente poco. Quedaos vos con este despacho, porque, ¡ay!, caro lo habéis comprado.
D’Artagnan salió del cuarto de Athos y entró en el de Porthos, a quien encontró magníficamente vestido, cubierto de bordados espléndidos y mirándose al espejo.
—¡Ah! ¿Sois vos, mi querido amigo? —dijo Porthos—, ¿qué tal me sienta este traje?
—De perlas —respondió D’Artagnan—, pero vengo a proponeros otro traje que os sentará mejor.
—¿Cuál? —preguntó Porthos.
—El de teniente de mosqueteros.