Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Esté vuestra eminencia en la firme persuasión de que nunca se borrará de mi memoria —respondió D’Artagnan.

—¡Rochefort! —dijo en alta voz el cardenal, volviendo el rostro.

El caballero, que indudablemente estaba tras la puerta, entró al punto.

—Rochefort —dijo el cardenal—, os presento a m. D’Artagnan; lo recibo en el número de mis amigos. Conque daos un abrazo y obrad con prudencia si tenéis apego a la vida.

D’Artagnan y Rochefort se abrazaron a regañadientes, pero allí estaba el cardenal, que les observaba con su vigilante mirada.

—Volveremos a vernos, ¿no es eso? —dijo Rochefort a D’Artagnan una vez que hubieron salido del gabinete de su eminencia.

—Cuando os plazca —dijo D’Artagnan.

—Ya se presentará oportunidad —repuso Rochefort.

—¿Qué es eso? —exclamó Richelieu, abriendo la puerta. Rochefort y D’Artagnan sonrieron; se estrecharon la mano y saludaron al cardenal.

—Empezábamos a impacientarnos —dijo Athos.

—Heme aquí, amigos míos —respondió el mozo—, no solo libre, sino en privanza.

—Vais a contarnos eso, ¿no es verdad?


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