Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Estoy perdido, dijo para sí el mozo, haciendo un gesto con la cabeza al cardenal y como quien dice: «Señor, cúmplase tu voluntad».
Richelieu se acercó a la mesa y, sin sentarse, trazó algunas líneas en un pergamino del que ya estaban llenos los dos tercios, y luego lo selló con el suyo particular.
Esta es mi sentencia, dijo mentalmente D’Artagnan; me libra del tedio de la Bastille y de las lentitudes de un proceso. No deja de ser en él un rasgo de amabilidad.
—Tomad, caballero —dijo el cardenal al gascón—, os he tomado una firma en blanco y os doy otra. En este despacho falta el nombre, escribidlo vos mismo.
D’Artagnan tomó con perpleja mano el pergamino, lo leyó, y al ver que era un despacho de teniente de mosqueteros, hincó la rodilla ante el cardenal, y dijo:
—Monseñor, os pertenece mi vida, desde hoy podéis disponer de ella; pero no merezco la merced que me concedéis: tengo tres amigos más meritorios y más dignos que no yo…
—Sois muchacho de prendas, D’Artagnan —repuso Richelieu, interrumpiendo al mozo y golpeándole familiarmente en el hombro, satisfecho de haber vencido aquel carácter rebelde—. Dad a este despacho el destino que más os agrade; lo único que me cumple deciros es que aunque el nombre está blanco, os lo doy a vos.