Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Sépase que el portador de la presente ha hecho lo que ha hecho por orden mía y para bien del Estado.
RICHELIEU
Después de haber leído las líneas transcritas, su eminencia se puso profundamente pensativo, pero no devolvió el papel a su interlocutor.
Está meditando qué género de muerte va a darme, dijo para sí D’Artagnan, pues bien, verá cómo muere un caballero.
Richelieu, a la vez que meditaba, doblaba y desdoblaba el papel que en las manos tenía. Por fin levantó la frente, fijó su mirada de águila en la leal, despejada e inteligente fisonomía del mozo, leyó en el rostro de este, surcado de lágrimas, todos los sufrimientos que de un mes a aquella parte soportara, y por tercera o cuarta vez pensó en la brillante carrera que se abría ante aquel joven de veintiún años, y en los grandes recursos que su actividad, su valor y su inteligencia podían poner en manos de un buen amo.
Por otra parte, los crímenes, el poder, el talento infernal de milady lo habían asustado más de una vez, y sentía algo así como un gozo íntimo al verse para siempre jamás desembarazado de su peligrosa cómplice.
Richelieu rasgó con lentitud el papel que D’Artagnan le entregara tan generosamente.