Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Juro a monseñor que ni por un instante he sustentado la idea de defender contra él mi cabeza. Sufriré el castigo que vuestra eminencia tenga a bien imponerme, pues, en verdad, no tengo tanto apego a la vida para que me dé temor la muerte.
—Ya sé que sois hombre de corazón, caballero —dijo el cardenal con voz casi afectuosa—, asà pues, puedo deciros previamente que vais a ser juzgado, y quizá condenado.
—Otro que no fuera yo podrÃa responder a vuestra eminencia que trae el perdón en la faltriquera; yo me limito a deciros: ordenad, monseñor, estoy presto.
—¿Vuestro perdón habéis dicho? —se sorprendió Richelieu.
—SÃ, monseñor —respondió D’Artagnan.
—¿Firmado por quién? ¿Por el rey?
—Por vuestra eminencia.
—¡Por mÃ! Estáis loco, caballero.
—Es indudable que monseñor conocerá su carácter de letra —profirió D’Artagnan, entregando a Richelieu el precioso papel que Athos arrancara a milady y luego entregara al gascón para que le sirviera de salvoconducto.
El cardenal tomó el papel, y con voz lenta y recalcando las palabras leyó:
A 3 de diciembre de 1627